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El Valor de la Rivalidad.

4:03Ángel López González


Este post, se publicó originalmente, en el blog de @cienpersonas, LEER EN EL BLOG CIENXCIENPERSONAS

Es viernes, en realidad ya sábado, concretamente día 4 de octubre de 2014 y son las 2.27 horas. Se preguntarán el motivo de que les facilite esta información. Quizás lo entiendan si, gentilmente, me regalan su tiempo, y siguen leyendo.

Verán. Les contaré la verdad. No me apetece nada escribir este post, estoy cansado, me levanté con el alba, la jornada laboral y personal ha sido intensa, y encima, tengo un buen catarro ­-el primero de la temporada otoñal en la que nos hayamos inmersos-, pero a pesar de ello, lo voy a hacer. Lo voy a escribir. No me he vuelto loco. Sigan leyendo.

Este post lo debo. Se lo debo a este blog donde me están leyendo. A su espectacular equipo que tan bien nos trata a todos aquellos que, por una razón u otra, publicamos algo en el mismo. Pero, sobre todo, me lo debo a mí mismo. He de cumplir una misión personal, un objetivo propio que ninguna otra cosa podría saciar.


Tengo que retroceder mucho tiempo atrás. Calculo que hasta abril. La verdad es que no lo sé. No me acuerdo. Pero lo puedo estimar gracias a un post de Emilio Gude, “El precio de La Ilusión”, publicado también en este blog, y que les recomiendo que lean por dos motivos: primero, porque es muy bueno; segundo, porque si no, es posible que no entiendan esta historia.

¿Verdad qué es bueno? Tras leerlo, no pude evitar whatsappear con Emilio. Cuento con el privilegio de ser su amigo, así que tengo su móvil, y conversamos con relativa frecuencia (ya siento la envidia de las lectoras, pero es que he de contarlo). La conversación se desarrolló por los siguientes derroteros. Permítanme, eso sí, que suprima los tacos. Quedarían groseros en tan noble medio:

    – Gude, eres un genio, sólo un crack como tú, se sacaría de la chistera un post así.

    – Te ha gustado eh!

    – Y encima con tanto talento. Eres un Crack.

    – No es para tanto.

    – Ahora qué hago yo, también les había prometido uno, y pensaba sacarme algo de la nada.  Tendré que hacer un post técnico, imposible llegar a tu nivel.

     – No exageres…

Los minutos posteriores fueron un infierno, me rebané los sesos intentando encontrar algo técnico sobre lo que escribir. Escudriñé las neuronas en busca de alguna idea. Las siguientes horas no fueron mejores. Desesperantes. 

¿De qué podía escribir en un blog de recursos humanos, cuando como Emilio, no llevo recursos humanos?.

De locos, jamás podré hacer un post para el blog, pero algo debería encontrar. ¿Si D. Emilio Gude podía hacerlo, iba yo a ser menos…?

¡Apareció! ¡Apareció! Sin más y de la nada. Una de esas neuronas, seguramente de las más recónditas, debió encontrar la solución. ¡RIVALIDAD! Eso es, por rivalidad llevaba toda la tarde escudriñando mi cerebro en busca de una solución, era el motor que me hacía darle vueltas al tema una y otra vez. Ilusión, la ilusión es importante, pero, Gude, amigo, nos movemos también por rivalidad, por competencia y competitividad.

Es así, desde el principio de los tiempos, desde los inicios de la Humanidad. Los primeros pobladores, desde que el hombre aún no era hombre, rivalizaban por la comida, por las cuevas o cubículos en los que pernoctaban, por cubrir sus necesidades más elementales y por progresar. La propia Biblia nos habla de rivalidad. Adán y Eva, actuaron así por rivalidad con Dios. ¿Qué me decís, de Caín con Abel? Si llegó a matar a su propio hermano, por rivalidad. Míticas son las rivalidades entre personajes de la historia: filósofos, gobernantes, artistas. O entre grupos sociales: tribus, pueblos, religiones, países…., todos rivalizan. 

Y a la vez que lo hacen avanzan, progresan, se desarrollan, evolucionan.

¿Y en la empresa? En la empresa también. Hay una rivalidad extrínseca, con la competencia, con otros trabajadores del ramo, con otras empresas y con los propios clientes. Una necesidad de estar a la altura de unos y otros, y de, incluso, llegar a superarlos. Y por supuesto, una rivalidad intrínseca, entre los propios empleados, y de éstos con sus Jefes, y a la inversa. Y no es malo, al contrario, es fundamental, crucial, es lo que nos hace avanzar, ser mejores, liderar, progresar. Entiéndase, eso sí, una rivalidad sana, pacífica y tranquila, que las empresas y sus departamentos de recursos humanos han de saber controlar, incentivar o paliar, dependiendo del caso y del empleado concreto.

Quienes lo hagan avanzarán, quienes no, se estacarán, o peor aún, tendrán serias dificultades, con incidencia, en mayor o menor medida, en sus cuentas de resultados. De hecho, casi más importante que su incentivación resulta su control. No se me ocurre nada más pernicioso, que un empleado rivalizando con los demás de un modo indebido. Mitigar esa conducta errónea y reconvertirla en una rivalidad sana, reportará enormes beneficios para el empleado en cuestión y para la empresa en general.

Desconozco la existencia de estudios sobre rivalidad en el trabajo, pero sí que constan realizados en el ámbito docente. Las investigaciones sobre la eficiencia de la rivalidad como incentivo del aprendizaje, tanto a nivel individual como a nivel de grupos, han sido ampliamente estudiadas.

Hurlock aisló dos grupos de estudiantes, motivando activamente a unos, pero a nivel personal, sin referencias comparativas a otros. Al otro grupo lo subdividió en dos secciones homologas que competían entre si. Los integrantes del grupo que rivalizaron con la otra sección del mismo avanzaron notablemente con respecto a los del otro grupo. No hay duda, la rivalidad nos hace ser mejores.

Decía, el biólogo molecular y premio nobel Francis Crick, al que se le atribuye, nada más y nada menos, que descifrar “el secreto de la vida”, que “en la ciencia existe necesariamente un grado de rivalidad”. En la ciencia, en la empresa, y no digamos en la abogacía. Es un valor a cuidar y potenciar. Rivalicemos, nos hace progresar.

Son las 3.12 minutos, el post está terminado. La misión cumplida y el objetivo saciado. Lo he conseguido. No hagan la comparación, el post de Emilio es infinitamente mejor que éste. Pero no lo duden, ha sido la rivalidad (por supuesto, sana) lo que me obligó a generar la idea del post. Y, finalmente, con mucho retraso por falta de tiempo, he podido materializarlo esta noche.
Es éste valor el que me ha motivado: el valor de la rivalidad.

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